El cielo temblaba. La luna carmesí parecía sangrar sobre el campo en ruinas, tiñendo de rojo todo lo que tocaba. El híbrido —Ciel y Artaxiel en un mismo cuerpo— avanzaba despacio, con pasos que resonaban como campanadas fúnebres.
Cada movimiento suyo liberaba ondas de energía que hacían vibrar la tierra, abrirse grietas y retorcerse los árboles como si fueran meras ramas secas.
Ian, aún sangrando por la muñeca, se puso frente a ella. Su respiración era errática, su cuerpo estaba al borde del co