El silencio se rompió con un crujido lejano. El suelo aún ardía con cicatrices de la última explosión, y en el aire se podía sentir… algo. Como un eco de lo que acababa de suceder.
Ian apretó más fuerte a Ciel contra su pecho, protegiéndola.
—No te soltaré —susurró, aunque sus labios temblaban de cansancio.
Jordan, con la espada aún en mano, dio un paso al frente. Sus ojos azules se clavaron en los de ella, pero su voz se dirigía a Ian.
—Si la lastimas una vez más, aunque sea por protegerla, se