El eco de la risa de Artaxiel aún vibraba en los huesos de todos los presentes. Aunque su forma titánica se había desintegrado en el vacío, su esencia se había liberado, esparciéndose por el mundo como un veneno invisible. El aire olía a hierro, a ozono, a tormenta que nunca cesaría.
Ian sostenía a Ciel en brazos. Ella estaba inconsciente, pero su pecho subía y bajaba con un ritmo frágil, como si cada respiración fuese un milagro arrancado a la muerte. Su aura, mezcla de luz y sombra, todavía i