Capítulo 36
El silencio era denso, roto solo por la respiración entrecortada de Ciel contra el pecho de Ian. Él la sostenía como si temiera que el aire mismo pudiera arrebatársela, su luz aún chisporroteando alrededor de ambos.

Pero ese instante fue cortado por una voz baja, sedosa y peligrosa:

—Qué conmovedor… casi parece amor verdadero.

Ian se irguió de inmediato, colocando a Ciel detrás de sí como un escudo. Sus ojos dorados ardieron al reconocer la silueta que emergía entre los árboles ennegrecidos: Jordan.

El mayor avanzó despacio, sus pasos tranquilos, como si aquel lugar desolado fuera un salón de su propiedad. La luna carmesí iluminaba su rostro, y en su sonrisa se dibujaba una calma cruel.

—Hermano… siempre tan impulsivo. —Sus ojos se desviaron hacia Ciel, brillando con un deseo que no ocultaba—. Ella no necesita tus cadenas. Lo que el Eclipse requiere no es una prisión de oro… sino un igual que pueda sostenerlo.

Ciel lo miró, aún temblando, pero no apartó la vista.

—¿Un igual…?

Jorda
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