La oscuridad la envolvía como un velo húmedo. Ciel abrió los ojos lentamente y lo primero que sintió fue el aroma a incienso y hierbas medicinales. Estaba tendida sobre un lecho improvisado, cubierto de pieles, dentro de una caverna iluminada apenas por antorchas.
Su pecho ardía, cada respiración era un esfuerzo, y en sus venas sentía un pulso extraño: como si dos fuerzas —luz y sombra— pelearan dentro de ella.
—No te muevas —la voz grave de Leonardo retumbó desde un rincón.
Ciel giró el rostro