La oscuridad la envolvía como un velo húmedo. Ciel abrió los ojos lentamente y lo primero que sintió fue el aroma a incienso y hierbas medicinales. Estaba tendida sobre un lecho improvisado, cubierto de pieles, dentro de una caverna iluminada apenas por antorchas.
Su pecho ardía, cada respiración era un esfuerzo, y en sus venas sentía un pulso extraño: como si dos fuerzas —luz y sombra— pelearan dentro de ella.
—No te muevas —la voz grave de Leonardo retumbó desde un rincón.
Ciel giró el rostro. Su padre estaba sentado contra la pared, con vendas manchadas de sangre en el hombro, pero sus ojos, fieros, no la abandonaban.
—Papá… —susurró, con lágrimas en los ojos.
Leonardo intentó sonreír, aunque su expresión era dura.
—Sigues con vida. Eso es lo único que importa.
Antes de que pudiera responder, un estrépito llenó la caverna. Ian y Jordan discutían a pocos pasos de ella, sus voces cargadas de rabia contenida.
—¡La habrías matado si no me hubieras dejado actuar! —escupió Ian, el dorado