Capítulo 37

La oscuridad la envolvía como un velo húmedo. Ciel abrió los ojos lentamente y lo primero que sintió fue el aroma a incienso y hierbas medicinales. Estaba tendida sobre un lecho improvisado, cubierto de pieles, dentro de una caverna iluminada apenas por antorchas.

Su pecho ardía, cada respiración era un esfuerzo, y en sus venas sentía un pulso extraño: como si dos fuerzas —luz y sombra— pelearan dentro de ella.

—No te muevas —la voz grave de Leonardo retumbó desde un rincón.

Ciel giró el rostro
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