Ian se quedó helado ante la pregunta. Sus ojos, tan fieros en la batalla, ahora estaban llenos de un miedo distinto, un miedo íntimo.
Su mano tembló al sostener el rostro de Ciel.
—No —dijo, con la voz ronca—. Nunca te dejaría destruirte. No me pidas eso, Ciel. Si el mundo tiene que arder para que sigas viva… entonces que arda.
Las palabras cayeron como un cuchillo entre todos. Leonardo lo miró con furia contenida.
—¡Egoísta! ¿Prefieres sacrificar millones solo por retenerla?
Ian lo miró de vue