El aire se volvió insoportable, pesado como plomo, cuando Artaxiel se dejó ver por completo.
Su figura era alta, imponente, cubierta por un manto que parecía tejido con la misma oscuridad. Sus ojos ardían como brasas antiguas, y su sola presencia hizo que los cazadores restantes huyeran despavoridos, olvidando sus armas y gritos.
Leonardo retrocedió un paso, con la mano aún presionando su hombro herido.
—Padre… —escupió con un odio contenido—. Siempre llegas cuando la sangre ya lo cubrió todo.