El aire fuera de la sala olía a humo y hierro. El eco de lo que había ocurrido allí dentro no se había quedado atrapado en las paredes: se había filtrado hacia todo el bastión.
Cuando Leonardo abrió las puertas de golpe, con Ian cargando a Ciel en brazos y Jordan cubriéndolos con su arma aún ensangrentada, el murmullo de los clanes reunidos estalló en gritos, susurros y miedo.
—¡Es ella! —vociferó uno de los vampiros del clan rival—. ¡La heredera marcada! ¡La Eclipse!
—¡Calla! —tronó otro, retr