Ian, Jordan y Leonardo irrumpieron en la caverna, empapados por la lluvia que caía fuera y con el olor a sangre fresca pegado a la piel.
La entrada estaba custodiada por dos estatuas de piedra con forma de bestias aladas; sus ojos se encendieron en un rojo ardiente cuando el primero de ellos cruzó el umbral.
—No te detengas —gruñó Leonardo, empujando a Ian para que avanzara—. Si nos paran aquí, Ciel queda atrapada para siempre.
Las estatuas se quebraron como si fueran de carne, desplegando alas