La puerta principal no se abrió. Simplemente… cedió.
Un impulso invisible la arrancó de sus bisagras y la arrojó contra la pared con un estruendo que hizo vibrar el suelo.
Artaxiel entró caminando despacio, como si el tiempo no tuviera prisa para él. Sus pasos eran inaudibles, pero cada uno parecía drenar el calor del lugar.
Sus ojos, rojos como el amanecer de un mundo muerto, se posaron primero en Leonardo.
—El hijo que renegó de su padre… ¿o debo decir, el traidor que renunció a su clan?
Leon