Abigaíl y yo no hemos soltado nuestras manos desde que subimos a la ambulancia. El recorrido ha sido abrumador y desesperante, sin embargo, agradecemos a Dios que, Camila, se mantenga estable hasta este momento.
―¿Mi hija está bien?
Pregunta Abigaíl con desesperación a uno de los paramédicos que se encarga de la atención de nuestra pequeña.
―No lo sabremos hasta que el médico la evalúe y determine los daños que el proyectil ocasionó en sus órganos ―ella se tensa y aprieta mi mano al escuchar