Toda la rabia y el estrés que me causó la aparición de Elliot en esta casa, desaparecen como por arte de magia al tener a Abigaíl entre mis brazos. No sé cómo explicar la extraña, pero estimulante y plácida sensación que me embarga, cada vez que ella se encuentra cerca.
―Tú también me gustas mucho, cariño ―le digo sin apartar mis labios de su exquisita piel―. Mucho más de lo que, incluso, imaginé que lo harías.
Arrastro mi boca ansiosa y desesperada por su piel de melocotón y me detengo en la