Las flores que no se marchitan

Diez años después de la partida de Lia, “La Casa de Lia” ya no era un proyecto. Era una institución querida en toda la costa. Habían ayudado a más de trescientos niños y niñas, muchos de los cuales regresaban como voluntarios siendo ya jóvenes adultos.

Mateo, con sesenta años, caminaba más lento pero con la espalda todavía erguida. Esa mañana de diciembre, estaba sentado bajo el flamboyán cuando Samuel llegó. Ahora tenía veintidós años, estudiaba Arquitectura y era uno de los pilares del proyec
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