Cuatro años después de la inauguración de “La Casa de Lia”, el proyecto se había convertido en un referente en la zona. Ya no solo recibían niños los fines de semana. Habían construido dos cabañas adicionales y contaban con un pequeño equipo de psicólogos y voluntarios. La casa frente al mar ya no era solo un hogar, era un faro.
Mateo, con cincuenta y cuatro años, observaba desde la terraza cómo un grupo de niños jugaba en la arena. Entre ellos destacaba Samuel, aquel niño callado y desconfiado