Diez años habían pasado desde la partida de Lia.
La casa frente al mar ya no era solo una casa familiar. Se había convertido en un pequeño santuario de sanación conocido en varios barrios de Santo Domingo. “La Casa de Lia” recibía niños todos los fines de semana y, durante las vacaciones escolares, abría sus puertas por semanas completas.
Mateo, con cincuenta y cinco años y el cabello totalmente blanco, seguía siendo el pilar. Aunque ya no trabajaba full time, dedicaba la mayor parte de su tiem