Las botas de Rhyd se hundían en las hojas secas del bosque.
El aire era frío, pero la chimenea de la cabaña ya humeaba a lo lejos.
Theo, Greta, Elara, Laurenth, Kaelan y Rhyd caminaban en silencio. Aquel lugar jamás desaparecía. Siempre estaba ahí. Siempre con la chimenea encendida.
Como si supiera cuándo la necesitarían.
Antes de que Rhyd golpeara la puerta, se escuchó la voz desde dentro.
—Pasa, hijo. Estás en casa.
Rhyd sonrió.
Abrió la puerta y entró primero.
—Hola… ¿cómo estás? Hace tiempo