Gael.
El silencio en la mansión Mountbatten parece más profundo que el de cualquier otra casa que haya pisado. No hay servidumbre, ni calor, sólo ese olor tenue a humo que continúa impregnado en las paredes tiznadas por el incendio. Doy un par de pasos, dejando que éstos resuenen en el mármol pulido y agrietado.
Amaia me observa con visible sobresalto, mientras que su hermana a su lado apenas puede disimular la sorpresa. Parece que ha estado llorando.
— ¿Qué haces aquí? —pregunta Amaia, frunc