Amaia.
Cuando el automóvil se detuvo frente a la mansión de Los Belmonte, tardé unos segundos en bajar. Algo dentro de mí me decía que no ingresara a ese lugar. Sin embargo, ignoré esa sensación y crucé la puerta principal.
—Señora Mountbatten —saluda el mismo mayordomo.
—Buenas noches, señor...
—Soy Bottom, puede decirme mayordomo Bottom.
Asiento.
— ¿Le gustaría cenar?
Dudo, mi estómago me suplica que acepte, pero mi cerebro lo rechaza de inmediato. Sin embargo, antes de dar una respuesta la