Aurelia
El ventanal de piso a techo del ático ofrecía una vista panorámica de la ciudad iluminada bajo la lluvia, millones de luces parpadeando como diamantes sobre terciopelo negro. Pero yo no podía apartar la vista de mi propio reflejo en el cristal, ni del hombre que estaba de pie detrás de mí, ajustándose los gemelos de oro en los puños de su camisa inmaculada.
Amos.
Llevaba un esmoquin hecho a medida que acentuaba la anchura depredadora de sus hombros y esa elegancia fría y aristocrát