Aurelia
—Ahora… dime, pequeña —su voz goteaba una malicia exquisita—. ¿Qué agujero quieres que use para destrozar este cuerpo que me ha costado cinco millones de dólares? ¿Quieres que sea dulce… o quieres que te rompa?
Las palabras murieron en mi lengua, mi sentido se desvaneció como el humo, prácticamente no quedó nada de mí, al sentir su miembro estimulando mi coño sensible, provocando.
Amos había preguntado, pero él no buscaba una respuesta, solo lo hizo para saborear mi indecisión, par