Greta caminaba por el pasillo, furiosa y sin fijarse por dónde iba. De pronto, se tropezó con Pablo, quien llevaba un café en la mano, derramándolo encima de su vestido sin querer.
—¡Pero mira lo que has hecho, imbécil! —gritó Greta, histérica.
—Perdón, Greta, pero es que no te vi venir. Ese café era para ti, fue el que le pediste a la asistente de Luis Fernando.
—Esa es otra inútil. ¿Y se puede saber por qué te lo dio a ti en vez de llevármelo a la sala de juntas? Es una inepta.
—Pero