Guillermo comenzaba a excitarse cada vez más, apretándola contra su cuerpo, sintiendo su aroma y la suavidad de su piel. La deseaba con locura, estaba a punto de despojarla del camisón cuando, de repente, Grecia retiró su mano de forma violenta y se volteó, diciéndole:
—No, Guillermo, hoy no quiero.
La reacción de Guillermo fue como si un balde de agua fría cayera sobre él. Se quedó paralizado, frustrado y abrumado por la confusión. Sentía un nudo en el pecho, mientras su corazón latía con fuer