Greta la miraba con altivez, apretando los puños. Luis Fernando enseguida intervino, tratando de mediar la situación.
—Por favor, Grecia, hablemos a solas. Creo que es mejor que nos entendamos tú y yo; es obvio que entre ustedes jamás podrán llegar a un acuerdo.
—No tengo nada que hablar contigo, Luis Fernando. Desde el mismo momento en que tu madre me echó de la mansión y no me permitió llevarme ni el cepillo de dientes, me quedó muy claro la clase de personas que son.
—¿Cómo? ¿Pero qué estás