La tarde caía sobre la mansión de Guillermo, el lugar estaba rodeado de una energía inquietante. La patrulla de policía, con sus luces parpadeantes y las sirenas sonando, se detuvo frente a la imponente entrada. Dos agentes, serios y corpulentos, salieron del vehículo, sosteniendo firmemente la orden de arresto en sus manos. El ambiente se sentía cargado de tensión; los curiosos que se encontraban en los alrededores se quedaron atentos, presintiendo que algo malo estaba a punto de pasar.
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