—Cuando era niña, mi mamá me llevaba y me recogía de la escuela todos los días. Mi papá me preparaba comidas deliciosas y siempre me hacía un té perfumado exquisito.
Se preocupaban por mí incluso con la herida más leve, buscaban medicinas por todas partes con tal de no asustarme.
Y cuando decía algo extraño, elegían creerme en lugar de cuestionarme.
Adriana tartamudeó, nerviosa:
—Pero… pero… ellos no pueden ofrecerte una buena calidad de vida.
—No necesito que me la den —Isabella alzó la