—Cuando era niña, mi mamá me llevaba y me recogía de la escuela todos los días. Mi papá me preparaba comidas deliciosas y siempre me hacía un té perfumado exquisito.
Se preocupaban por mí incluso con la herida más leve, buscaban medicinas por todas partes con tal de no asustarme.
Y cuando decía algo extraño, elegían creerme en lugar de cuestionarme.
Adriana tartamudeó, nerviosa:
—Pero… pero… ellos no pueden ofrecerte una buena calidad de vida.
—No necesito que me la den —Isabella alzó la mirada con firmeza—. Yo misma puedo crear riqueza. Ellos solo necesitan ser ellos mismos.
—¡Bella, qué tonterías dices! —replicó Adriana, incrédula—. Eres solo una estudiante de universidad, ¿cómo podrías crear tanta riqueza?
Isabella esbozó una ligera sonrisa. He ahí la diferencia —pensó—. Adriana siempre la cuestionaba.
Sin embargo, la pareja de Liam era diferente. Justo cuando Isabella estaba a punto de retroceder, ellos siempre elegían creerle, aunque hubiera dicho o hecho algo extraño.