Tomás sostenía una taza de té en la mano y lo bebía con calma. Adriana también tomó un sorbo, pero enseguida frunció el ceño con una expresión de disgusto, como si hubiera probado algo amargo.
Estaba a punto de decir algo, pero una sola mirada de advertencia de Tomás la obligó a tragarse sus palabras. No volvió a tocar la taza.
Su incomodidad dentro de la sala, decorada de manera sencilla y sobria, era evidente.
Los ojos de Isabella se volvieron fríos; sus sentimientos hacia Adriana descendieron hasta un punto de congelación por aquella actitud arrogante.
Ese té había sido comprado por Alexander. Costaba decenas de miles por libra, y aun así, ¿Adriana lo desdeñaba?
Había despreciado un té de lujo y una casa cuyo valor superaba los miles de millones.
¿Qué tan rara podría llegar a ser?
¿Acaso vino solo para mostrar su desprecio?
Isabella permaneció inmóvil en la puerta, observando a Adriana con una mirada gélida.
Adriana notó aquella mirada y levantó la cabeza. Al ver a Isabell