Tomás sostenía una taza de té en la mano y lo bebía con calma. Adriana también tomó un sorbo, pero enseguida frunció el ceño con una expresión de disgusto, como si hubiera probado algo amargo.
Estaba a punto de decir algo, pero una sola mirada de advertencia de Tomás la obligó a tragarse sus palabras. No volvió a tocar la taza.
Su incomodidad dentro de la sala, decorada de manera sencilla y sobria, era evidente.
Los ojos de Isabella se volvieron fríos; sus sentimientos hacia Adriana descendi