Alexander lo observó unos segundos y de pronto preguntó:
—¿Tienes a alguien que te guste?
Una vaga figura cruzó por la mente de Simon: pequeña, difusa, sin un rostro definido. Cada vez que la recordaba, sentía la necesidad de acercarse más, como si estuviera fuera de control.
—Sí —asintió con seguridad.
Aunque no sabía quién era, estaba convencido de que existía alguien en su corazón.
—Entonces piensa en esa persona y trasládalo a la actriz. Eso es lo que debes mostrar en esta escena —le indicó Alexander.
Simon obedeció. Esta vez, la actuación fluyó sin problemas. La química entre él y la actriz era natural, como dos estudiantes que se gustan en silencio, sin atreverse a confesarlo.
Era innegable: Simon tenía un gran talento actoral y una excelente capacidad de comprensión. No en vano lo llamaban la “pequeña estrella de cine”, un título que había demostrado merecer.
Alexander, que admiraba a los competitivos, lo reconoció en silencio. Para él, si un artista tenía verdadero pot