En ese instante, un chico apareció de la nada y derribó de una patada al asistente.
—¡Maldita sea! —gruñó—. ¿Quién demonios eres para incriminar a mi hermana? A ella no le interesan esas fotos. ¡Dejen de ser tan engreídos!
Los tres protegieron a Isabella con firmeza, lo que encendió aún más los celos de Lindsy.
Corrió a auxiliar a su asistente caído, aunque no apartaba de ellos una mirada cargada de odio, como si los acusara de brutalidad.
—Jason Yale, mantenlos controlados —ordenó Alexander en un tono cortante y desagradable.
Ya había pensado en miles de castigos para Lindsy.
Jason hizo una seña y dos guardias de seguridad se acercaron de inmediato. En cuestión de segundos, tenían a Lindsy y a su asistente en el suelo, con las manos torcidas a la espalda.
—Los inocentes no tienen nada que temer. ¿Estás actuando así para encubrirla? —preguntó alguien con dureza.
Lindsy entró en pánico. Ya no tenía otra salida más que seguir adelante con su plan.
El asistente, con lágrimas res