En ese instante, un chico apareció de la nada y derribó de una patada al asistente.
—¡Maldita sea! —gruñó—. ¿Quién demonios eres para incriminar a mi hermana? A ella no le interesan esas fotos. ¡Dejen de ser tan engreídos!
Los tres protegieron a Isabella con firmeza, lo que encendió aún más los celos de Lindsy.
Corrió a auxiliar a su asistente caído, aunque no apartaba de ellos una mirada cargada de odio, como si los acusara de brutalidad.
—Jason Yale, mantenlos controlados —ordenó Alexande