La tensión se desvaneció: ninguno de los dos quería perder la compostura ante Isabella; James tampoco quería mostrarse vencido frente a ella. Así que, con un gesto forzado, se saludaron como si nada hubiera ocurrido.
—Hola, señor Montgomery —dijo James.
Alexander le devolvió una mirada arrogante. Tenía que marcharse porque le necesitaban en otro lugar; al pasar junto a James le advirtió con voz glacial:
—No eres su tipo. Será mejor que te rindas.
James se sintió desconcertado, pero ensegui