Alexander sonrió con frialdad, sin un rastro de alegría, y lo miró de reojo.
—Siempre he sido así.
El ambiente se volvió tenso. La conversación ya no podía continuar sin que alguno perdiera la calma.
Gordon suspiró, abatido. Luego levantó solemnemente la mano y juró:
—Está bien, elegiste a tu novia antes que a tu hermano.
Alexander, lo juro por Dios: nunca te he hecho daño ni lo haré jamás.
Alexander no respondió. Simplemente dio media vuelta y caminó hacia donde estaban Isabella y George