Justo cuando estaban a punto de empezar una nueva discusión, la puerta se abrió.
Pensaron que Alexander había regresado, pero se equivocaron.
El que entró fue un joven apuesto, de cejas bien marcadas y ojos brillantes. Caminaba con paso firme, transmitiendo confianza y porte.
En cuanto George cruzó la puerta, sus ojos se posaron en Isabella, y le dedicó una sonrisa cortés.
—Perdón por llegar tarde —dijo con voz serena.
—¡Oye, George! —exclamó Gordon, saludándolo efusivamente con la mano—. ¡Te ves diferente! ¡Parece que fue buena idea mandarte al ejército! ¡Ahora te ves elegante, no como antes!
Sus palabras, aunque sonaban amistosas, recordaron a todos que fue Gordon quien sugirió enviarlo al ejército, lo que había provocado que George perdiera contacto con sus amigos por largo tiempo.
---
George lo miró fijamente, con una expresión que bastaba para imponer respeto.
El entrenamiento militar lo había cambiado: ahora su presencia era firme, autoritaria… difícil de ignor