Justo cuando estaban a punto de empezar una nueva discusión, la puerta se abrió.
Pensaron que Alexander había regresado, pero se equivocaron.
El que entró fue un joven apuesto, de cejas bien marcadas y ojos brillantes. Caminaba con paso firme, transmitiendo confianza y porte.
En cuanto George cruzó la puerta, sus ojos se posaron en Isabella, y le dedicó una sonrisa cortés.
—Perdón por llegar tarde —dijo con voz serena.
—¡Oye, George! —exclamó Gordon, saludándolo efusivamente con la ma