Se preguntó si las cosas habrían sido distintas si no hubiera sido tan codiciosa, si no hubiera querido conservarlo todo para sí.
Ahora, la relación entre ambas estaba rota, y eran prácticamente dos extrañas.
¿Y si…? pensó con pesar.
Pero enseguida se corrigió: No existen los “y si” en la vida real.
Lo hecho, hecho estaba.
Todo lo que podía hacer ahora era mantenerse al margen, sin volver a interferir en la vida de Isabella, aunque en silencio le deseara lo mejor.
Un hombre que pasaba la reconoció, la miró dos veces y se le acercó con curiosidad.
—Oye, ¿eres Adriana, verdad? Te recuerdo. Nos vimos en la reunión de padres hace tiempo. Por cierto, ¿cómo está tu hija Ana? Mi hija me dijo que… Ana está en la cárcel. ¿Es cierto?
En un instante, la expresión amable de Adriana se congeló, y su mirada se volvió fría como el hielo.
—Ana no es mi hija —respondió con voz cortante.
El hombre retrocedió un par de pasos al ver cómo el rostro de Adriana se endurecía y su tono se volvía hos