Ana sintió algo sospechoso y se dio la vuelta. Finalmente, Isabella la observó detenidamente.
Ana no lucía bien: su piel había perdido frescura, las enormes ojeras hundían sus ojos, tenía numerosos granos en la frente y los labios resecos. Se veía demacrada y perdida. Miró a Isabella sin comprender; le costó reconocerla.
Cuando Isabella vio a Ana así, soltó una risa maliciosa.
—Mírate —pensó—. ¡Qué desastre!
¿Crees que esto es lo peor?
¡Pobre de ti! Hay algo aún más terrible esperándote.