Isabella no había dicho nada ofensivo, y aun así las recepcionistas se indignaron: sintieron que la estaba menospreciando. Como adultas, creían saber más que ella y se ofendieron por la insinuación. —¿Quién eres tú para decirnos eso? —replicaron—. ¡Cállate! No nos tomes el pelo.
—Piensa dos veces antes de mentir, ¿de acuerdo? —dijo la recepcionista con tono sarcástico.
—La gente inventa todo tipo de excusas para ver al señor Wilson, ¡pero tú eres la más creativa que he visto! He intentado ser amable, no me obligues a echarte.
—Niña —intervino otra—, todos los días vienen personas buscando al señor Wilson. Si todos mintieran como tú, ¿cómo podríamos trabajar?
—Si de verdad quieres verlo, programa una cita y espera. No importa quién seas: incluso el presidente tiene que esperar. ¡Haz una cita o vete! No me obligues a repetirlo.
Las recepcionistas no solo la intimidaban con palabras; tomaron trapeadores y escobas para echarla físicamente. Cerraron la puerta frente a ella y la