capítulo 183

Su esposa lo secundó enseguida, escupiendo las palabras con desprecio:

—¡Te dimos todo! Te educamos, te enviamos a una buena universidad, te casaste con un hombre adinerado. ¿Y ahora nos acusas de venderte? No esperábamos gratitud, ¡pero esto es demasiado! ¡Qué pérdida de tiempo y dinero! ¡Maldita ingrata!

Adriana los escuchó con una calma tensa.

Aquella escena era demasiado familiar: las mismas voces, las mismas culpas.

Pero esta vez no se quebró.

—Fue un infierno ser su hija —dijo, con un hil
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