Su esposa lo secundó enseguida, escupiendo las palabras con desprecio:
—¡Te dimos todo! Te educamos, te enviamos a una buena universidad, te casaste con un hombre adinerado. ¿Y ahora nos acusas de venderte? No esperábamos gratitud, ¡pero esto es demasiado! ¡Qué pérdida de tiempo y dinero! ¡Maldita ingrata!
Adriana los escuchó con una calma tensa.
Aquella escena era demasiado familiar: las mismas voces, las mismas culpas.
Pero esta vez no se quebró.
—Fue un infierno ser su hija —dijo, con un hilo de voz lleno de cansancio—. Les di todo lo que pude, y aún así no fue suficiente.
Se levantó despacio, con el rostro inexpresivo.
—Llévenme a la corte si quieren. No temo perder mi reputación, ni nada. Ya no me importa. Pero les advierto algo… —sus ojos brillaron con dureza—. Las cosas serán mucho más difíciles para ustedes. Han perdido todo el dinero apostando, y su hijo “precioso” ni siquiera tiene novia. Tampoco una casa.
Los tres se quedaron helados, observándola con incredulidad.
Por prim