Su esposa lo secundó enseguida, escupiendo las palabras con desprecio:
—¡Te dimos todo! Te educamos, te enviamos a una buena universidad, te casaste con un hombre adinerado. ¿Y ahora nos acusas de venderte? No esperábamos gratitud, ¡pero esto es demasiado! ¡Qué pérdida de tiempo y dinero! ¡Maldita ingrata!
Adriana los escuchó con una calma tensa.
Aquella escena era demasiado familiar: las mismas voces, las mismas culpas.
Pero esta vez no se quebró.
—Fue un infierno ser su hija —dijo, con un hil