Ana lo miró, atónita.
Jamás se le había pasado por la cabeza una posibilidad así.
Durante años solo había pensado en cómo mantener su lugar en la familia, no en cómo lo había conseguido.
El anciano notó su desconcierto y sonrió con arrogancia, creyendo que ya la tenía bajo control.
—Ya no hay razón para ocultártelo —continuó—. Después de casarse, tu madre se volvió insolente. Pensó que con enviarnos cien mil dólares al mes bastaba para librarse de nosotros. ¡Qué ridículo! Esperamos y esperamos… hasta que supimos que estaba embarazada.
Su voz se tornó sombría.
—Entonces planeamos un viaje de negocios a Cloudsville. Allí, sin conexiones ni apoyo, Tomás no pudo protegerla. Nuestro objetivo era el bebé. Pero la enfermera que contratamos se volvió codiciosa… tomó el dinero y cambió a los niños antes de huir.
El anciano suspiró, fingiendo pesar.
—Queríamos recuperar a Isabella, pero los Star eran difíciles de tratar. No encontramos oportunidad… y al final, tuvimos que desistir.
Ana