Ana lo miró, atónita.
Jamás se le había pasado por la cabeza una posibilidad así.
Durante años solo había pensado en cómo mantener su lugar en la familia, no en cómo lo había conseguido.
El anciano notó su desconcierto y sonrió con arrogancia, creyendo que ya la tenía bajo control.
—Ya no hay razón para ocultártelo —continuó—. Después de casarse, tu madre se volvió insolente. Pensó que con enviarnos cien mil dólares al mes bastaba para librarse de nosotros. ¡Qué ridículo! Esperamos y espera