Pero al ver cómo Adriana defendía a Isabella con tanta pasión, una punzada de dolor le atravesó el pecho.
Había intentado convencerse de que nada había cambiado, que aún ocupaba un lugar en el corazón de su madre, pero aquella escena desmoronó su ilusión.
Adriana ya no la veía como su hija.
La celosa frustración de Ana se mezcló con un sentimiento de impotencia. Por mucho que se esforzara, nunca podría superar a Isabella.
Los ancianos, notando su presencia en la escalera, vieron una oportunidad. Se apresuraron a dirigirse a ella:
—¡Ana! —dijo uno con tono suplicante—. Habla con tu madre, por favor. Necesitamos que Isabella nos ayude con un asunto importante. Tal vez no puedas compararte con Bella, pero al menos podrías convencer a tu mamá, ¿verdad?
Las palabras la golpearon como una bofetada.
"¿No soy rival para Bella…?" pensó, sintiendo cómo la sangre se le helaba.
El mundo pareció girar a su alrededor. Podía escuchar risas imaginarias, burlas, el eco del desprecio en las voces de lo