Selene pagó al taxista con rapidez, su mente aun a mil por hora mientras lo veía alejarse. Sin perder tiempo, arrastró al hombre hasta el sofá de su apartamento. Cada paso que daba con él en sus brazos la hacía sentir como si estuviera cargando una carga demasiado pesada. Apenas pudo sostenerse al cerrar la puerta, sintiendo un mareo repentino que la hizo tambalear.
—¡Qué diablos! —murmuró, con rabia contenida—. ¿Por qué tengo que ser siempre tan buena gente? ¡Selene, corazón de pollo!
Una risit