—¡No te atrevas a tocarme! ¡Suéltenme! —gritó Selene, luchando por liberarse de los hombres que la arrastraban escaleras arriba. Su voz se quebraba por el miedo, pero también por la rabia que sentía al ser tratada como un objeto. Gustavo, parado al pie de las escaleras, sonrió de manera arrogante, disfrutando de la humillación de la mujer a la que pensaba someter.
La puerta se abrió con estrépito y, de repente, una sombra oscura apareció en el umbral. Era Ónix. En un movimiento rápido y preciso,