Las luces del hospital iluminaban con una claridad casi quirúrgica el largo pasillo donde Ricardo Agosti hablaba con el grupo de abogados y el médico que atendía a su hijo mayor. Eddie permanecía a cierta distancia, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, observando la escena con una mezcla de amargura y resentimiento. Era como si el mundo entero girara en torno a Massimo, como si él fuera el único digno de la preocupación y el sacrificio de su padre.
Los recuerdos