El aire en la lujosa suite del hotel se tornó pesado, cargado de una tensión que se podía palpar. Los ecos de la música y las risas provenientes del salón de eventos apenas se filtraban, amortiguados por las gruesas paredes y las cortinas de terciopelo. Massimo estaba de pie frente al espejo del baño, las manos apoyadas en el mármol frío del lavabo, los nudillos blancos por la fuerza con la que apretaba. No podía apartar la mirada de su reflejo, como si en aquel rostro de expresión contenida y