Carlota se queda helada, sobre todo porque no le parece que su hijo esté tan loco al pensar en que esa mujer que camina hacia ellos se parece demasiado a Andrea.
Carlo respira, intenta mantener la calma y se acerca a ella con pasos medidos, solo para no correr a abrazarla.
Es hermosa, como ella. Su color de cabello, de ojos, de piel, la figura que nunca supo apreciar de su mujer. Pero las mejillas, la nariz y su elegancia al caminar son muy diferentes a las de su esposa.
Cuando la mujer extiende su mano, su voz también es demasiado diferente.
—Buenos días, señor Suárez. Lamento mucho la tardanza, pero el auto que renté no tenía repuesto y no lo pude cambiar —le muestra la mancha en su casi inmaculada falda blanca y se ríe—. Me presento, soy Rebeca San Marino.
—Señorita San Marino… es un gusto conocerla.
Las manos se quedan unidas un poco más de lo debido, pero ninguno parece querer soltarse. Se miran con intensidad, ella sonríe con una luz que a Carlo le hace saltar el corazón, porque