Los dos días se pasan volando y para cuando amanece, los dos se sientan en sus respectivas camas, pensando en que ese momento cambiará sus vidas para siempre.
Y sí que lo hará.
Para cuando Andrea deja la cama, tiene la certeza de que esa decisión le dará más seguridad y confianza en Ian. Él, en cambio, solo sabe que la novia es la correcta, en ese momento y para siempre.
Lo que no saben es que, en ese instante, hay una persona que se está bajando del avión para ir a molestarlos el día de su boda, solo que no sabe que la novia es la mujer que no ha dejado de llorar toda esa semana.
Analía entra al cuarto de su hija con el vestido blanco, porque así lo quiso. Eso de que estar embaraza no le permite usar el blanco, como tradiciones arraigadas en el país, no le importo. Si de todas maneras se casa con el padre de su hijo.
—¿Como dormiste, cariño?
—Bien, aunque me desperté más ansiosa de lo que esperaba estar hoy.
—Eso es normal, tesoro. Es tu boda, te casarás con el amor de tu vida