Al llegar al departamento, Ian se va directo a su cuarto para esconder el anillo, se lava los dientes, se coloca el pijama y cuando va saliendo, se encuentra con Sebastián.
—¿De salida, cuñadito? —pregunta Ian con picardía—. No te creí murciélago.
—Dime Batman, al menos. No soy un animal tan feo, ni tampoco transmito rabia —Ian se ríe y miran al cuarto de Andrea—. Estaba cabreada, la oí irse despotricando contra ti porque saliste y no dijiste a dónde… imagino que no fue para verte con una mujer.
—Sí, fue con una mujer… y un hombre —aclara para que Sebastián no se le lance encima, pero en lugar de eso, retrocede—. No seas puerco, cuñadito. Eran mis padres, los llamé y vinieron enseguida, tenía cosas que aclarar y que hablar.
—¿Les dijiste de Andrea? —él asiente y Sebastián sonríe satisfecho—. Perfecto, porque ella no se merece ser la mujer en las sombras.
—Por supuesto que no, ella se merece muchas cosas lindas.
—Y, sobre eso… mamá me dijo que una mujer embarazada necesita ciertas aten