Dos días después, el nuevo chofer estaba puntual frente a la puerta del edificio. Se llamaba Manuel, un hombre de unos cincuenta años, de voz grave y modales impecables. Abría la puerta del coche como si fuera un ritual y siempre me miraba a los ojos para asegurarse de que estuviera bien antes de arrancar.
La primera vez que me llevó a la oficina sentí algo que no había experimentado en semanas: tranquilidad.
Sin embargo, no le había dicho nada a Alejandro. Una parte de mí quería ahorrarme la d