El reloj del salón marcaba las once y veinte.
Me di cuenta porque el sonido seco de las agujas al avanzar parecía cada vez más fuerte, como si quisiera recordarme que estaba sola.
Me había cambiado de ropa, me había preparado un té, incluso intenté leer un libro que descansaba desde hacía meses en la mesita auxiliar. Pero ninguna página retenía mi atención. Mis ojos se movían sobre las palabras, pero mi mente seguía en otro lugar, en esa oficina donde Alejandro había preferido quedarse, o en cu