Las risas comenzaron a apagarse poco a poco mientras Alejandro intentaba disimular su incomodidad, pero la atmósfera había cambiado. Las miradas curiosas y los susurros apenas disimulados se cruzaban a nuestro alrededor.
—¿Seguro que estás bien, Alex? —le preguntó una amiga con tono suave, pero persistente—. No pareces el mismo últimamente.
Él se acomodó en su asiento y, con una sonrisa forzada, respondió:
—Solo estoy un poco cansado, eso es todo.
Yo lo miré, notando la tensión en su mandíbula