La noche era demasiado silenciosa cuando Kaiser cruzó las rejas negras de su mansión. Avanzó con paso relajado, casi como si estuviera aburrido, las manos metidas en los bolsillos del abrigo oscuro, como si volviera a casa después de una visita casual, pero su mirada escarlata era otra: dura, cortante, sostenida en una tensión apenas perceptible. La mandíbula apretada, con una energía a su alrededor que vibraba con un poder contenido que incluso los muros de la mansión reconocieron de inmediato