Cassian tenía cinco meses de vida y ya era imposible negar a quién se parecía.
Su cuerpo era el de un bebé fuerte y sano, con mejillas redondeadas, brazos regordetes y piernas que pataleaban sin descanso cuando algo captaba su atención. Su cabello negro, espeso incluso para su corta edad, caía en pequeños mechones desordenados sobre su frente, y sus ojos antes negro ahora eran de un azul claro y profundo idénticos a los que alguna vez habían sido de Xylos si no fuera por su ceguera.
Vecka se