Los dedos de Ronan rodearon la delicada muñeca de Seraphina con una firmeza posesiva, deteniéndola. El gesto fué una declaración silenciosa de que, a pesar de sus muros de culpa, él no podía dejarla ir.
Seraphina se detuvo y se giró lentamente.
Los ojos del Alpha eran una tormenta, llenos de terror y una determinación feroz.
No la soltó. Al contrario, tiró de ella suavemente hasta acortar la distancia, obligándola a mirar la realidad brutal que se escondía tras sus pupilas dilatadas.
—Irás —g